son estas manos dormidas, tan cerca de tu sombra,
este porvenir terco, aferrado inevitablemente
al balcón enigmático del olvido.
Comienzo otra vez con mi rutina suicida;
el estúpido deber, de encontrarte en todo:
las grietas de la puerta, la correspondencia muda,
el teléfono que grita y desmorona las paredes, el barro.
Hay un lugar perdido al compás de la ceniza,
Hay un pedazo del tiempo extraviado al margen de esta desenfrenada búsqueda.
Hay unos ojos que no volvieron a ser nunca, transparente certeza.
Un farol que agoniza y calla, en medio de esta diminuta habitación.
Ya ves, como me cuesta explicarte.
No es fácil transitar sobre el desahucio y el absurdo.
Ni es fácil volver a las seis y saber que acaba el día, sin un solo respiro.
El papel se rompe.
la humedad inunda todo.
es tiempo de callar, o gritar hasta morir de sed.
las agujas entran, clavan y dejan finas marcas en la piel.
Cae el telón.

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