miércoles, 11 de agosto de 2010

11 Agosto

Se me hacen un mar las horas,
se me hace eterno el paisaje,
se me mueren niños a cada minuto ahogados,
ahora mismo por ejemplo: no sé bien,
si caigo o sobrevivo, si estoy muerto o alucinado,
como aferrado a un péndulo infinito y desolador.

Ahora si,
te digo amor,
y siento que trago humo,
grandes ciudades contaminadas hasta la inmundicia
por la incontenible fiebre humana,
siento que camino sobre un hilo
con cien universos de fondo,
que hay una habitación
atestada de teléfonos y sólo
en uno estás tú,
cómo te explico,
si las paredes me gritan tu nombre en todas partes,
si los diccionarios están vacíos de tanto llorar,
si en mi calle, los perros trepan hasta la luna
para ladrarme desde lejos,
¿Me entiendes?
yo siempre lo supe y sin embargo,
no fui yo quien te buscó, amor,
alguien con más corazón,
que diseñaba castillos eternos,
con el solo sustento de unos ojos.
Ahora la lluvia cae, las páginas se endurecen
y lastiman, todo el mar se esconde tras mi ventana,
tienes que venir a verlo...

domingo, 1 de agosto de 2010

V

Cinco,
como la edad de los niños cuando aprenden las mentiras,
cuando quiebran su simple lógica, blanda.

Cinco como los puntos cardinales,
el último se me perdió, hoy, ayer, quién sabe hace cuanto tiempo,
por eso no te podría encontrar, por eso la madrugada me volvió loco.

Este debería ser un punto final, el último punto final,
el único punto final, pero tal vez no soy yo querida.
Sé que me voy a quedar siempre con esas dos páginas
rotas por la mitad, cuánto podría caber allí,
cuánto de irracional guardaban estos ojos, cuánto.

Sé que me voy a quedar con esa media hora acechante en la memoria,
con esos perros ladrando a lo lejos, con esa nieve en los zapatos,
con esa esquina, esa rosa, ese papel sangrado,
la desesperación la entienden los desesperados,
las lágrimas, los versos.

Ahora me marcho,
creo haber oído direcciones,
cientos de kilómetros a lo lejos,
no quiero llegar tarde, no otra vez.

IV

El desamparo
como una maquinaria irremediable,
como una escalera al revés.

Abajo está al muerte ¿ la oyes ?

Viene corriendo y yo no aprendo a subir.

Tal vez soy su hijo cobarde, tal vez por eso la nostalgia innata,
tal vez no es tan malo.

III

El impaciente
la rueda de la fortuna,
los idiotas que se lastiman el alma,
por no comprender que para subir al cielo
hay que comprar el barro.

Que no es tan ancho el universo como parece,
que es más angosto y más, que cabría en mi habitación,
si me sentara un boca abajo.

Que los cantos no llenan los oídos, que los ojos no abrazan el alma para quedarse.
he aprendido tantas cosas, he aprendido que sufrir es un arte,
diminuto y vital, preciso para quien puede caer al fondo y volver intacto,
mortal para quien se olvida que abajo no hay señalética ni direcciones.

"Desgarrar la poesía en una lágrima para encontrarte a ti"

Y hoy esa lágrima me ha abierto un agujero en el pecho,
me ha dejado desnudo, con sentido mínimo de cualquier cosa.

Las sombras me abruman, me hacen parte de su fiesta,
creo que me quiero quedar,
creo que me quiero quedar...

II

Ya no te espero,
ya no busco tu mano invisible en la sombra,
ya no creo en el amor, ni en las manos de la gente,
ni en los hermanos verdaderos, ni en el silencio.

Hoy he bebido café a las seis de la mañana
y he tenido miedo, hoy me despedí de mi rostro blando,
de mi espada celosa, de mi sentencia torpe.
Hoy he descubierto gatos arañando muros,
tan cerca de mi ventana, tan oscura es la noche.
Tan fácil es hacer daño y tan difícil escribir
sobre los labios de cualquier otro, juzgar
para tener derecho, condenar y olvidarse
de las veinticuatro horas, de los siete días de la semana,
de los treinta del mes, de Agosto, de Septiembre, de Octubre, de Noviembre, de Diciembre,
supongo que aquí me detengo, para escupir al cielo y marcharme lejos.

Hay un árbol que guardó un pétalo negro en una flor,
ahora ese pétalo también es su hijo.

I

He sabido sumergirme una vez más
en el lago profundo de la muerte.
Mis manos estilando de negro,
el rostro, los dientes, el pelo,
todo cubierto, como para matarme
de un solo golpe, de una vez.

He sabido levantar los ojos,
para recibir el barro de frente,
y he sabido marchar de vuelta,
otro siglo de larga espera, para poder
sumergirme de nuevo a buscar.

Mi tesoro se me perdió,
lo tenía en la mano y se me perdió,
podría matarlo, podría matar tantas cosas,
la muerte nos deja tanto y tan poco, nos deja sentados,
expectantes, mudos, como cuando caen las gotas
en la ribera del río, hoy quiero morirme, de nuevo.

Quiero morir desde la risa más profunda, al llanto desatado,
como un animal sediento, como un hijo que se va para siempre,
he sabido hasta ahora inventar el pan, las voces, los ojos de la gente,
he construido grandes ciudades en mi espalda, en mi frente,
me han poblado tantas veces, los pulmones ensangrentados.

El colapso viene con la resignación, con el balde de agua fría al corazón,
El colapso desanuda las cortinas y abre las ventanas, para descubrir la noche infinita.
El colapso lo traes tú, pero pudo ser cualquiera.

Ahora que respiro, escucho que afuera canta un niño, los arboles me rugen en la puerta,
se desatan largas pláticas con el viento, siento que no hay más que un aroma ácido que
envuelve mi garganta en un suspiro o un sollozo, la luna brilla insolente detrás de una nube.

Ahora me replanteo el universo, me replanteo las leyes que rigen el tiempo y los astros,
la lluvia y el rocío, creo que ahora si puedo volverme pájaro o canción, o tal vez campana o silueta.

Todo se derrumba, y por fin estoy en paz,
las ventanas cortan las luces,
los amigos cierran sus puertas,
la ciudad se tranquiliza y la noche me absorbe inevitable,
para volverme parte de ella, para sentir el gozo,
limpio, único, para gritar por última vez y dejar correr el brillo
desde el cielo, para que no me alcancen, ni me busquen y mucho
menos me encuentren, para ahogarme como supe de niño,
debajo, bien abajo, de la sombra.