sábado, 5 de junio de 2010

Abrelatas

Ésta tarea me ha retrasado de seguro,
más de una vez en mis labores prácticas y cotidianas.

En mi calle cada día hay más muros y esta tarea de dividir
las aceras parece más activa que nunca.

El ladrillo como ya debes saber,
exige ciudadanos firmes.

Quienes no busquen mirar entre los agujeros
al extenuado vecino, o a su más querido.

Exige por supuesto, de un amor plástico y sutil,
enjabonado casi hasta la locura,
como para ser expuesto de ornamento,
o esculpirlo cuidadosamente en el ante-jardín.

Que fácil, no.

Hoy se les ve a todos construyendo grano a grano
sus enormes muros, sus oficinas de metal.

Como en casi todas las cosas; no acabe por entenderles.

Ya vez, me hice una trinchera.

Renuncié primero, como es debido,
al agobiante nombre que asumí, a la dirección prescrita,
a todos los credos existentes y las figuras políticas.

No quise llevar nada conmigo.

Entonces,
una violenta nube vino a parar
justo sobre mi cabeza.

Tormenta tras tormenta arrasó con mi única lucha,

Fui entonces cayendo al mismo mundo que me trajo,

Fui haciéndome un sitio.

Ahora miro con vergüenza.

El pecho me sangra.

Vaya a saber usted como van a sangrarle las manos cuando por fin entienda, lo único que de verdad hizo en vano.

Va a consumirle la irá.

Váyase entonces.

Allá lo espera un ancho día.

Acá termina éste encuentro.

Lights out.

No hay comentarios:

Publicar un comentario