miércoles, 20 de octubre de 2010

No me parece ya nada peculiar encontrarme de pronto al seco de una esquina con más perros mugrientos, cómplices de una melodía melopea y vagabunda, como quien patea piedras para encontrar en algún tirón su otra cara, ese anhelo de sombras nuestras escondidas en cualquier sitio, como esos pasajes de barro entre aceras, el alquitrán; me abro paso entre el tumulto de los fantasmas y soy como otro perro apenas despierto al mordaz cosquilleo de los oficinistas, me despierto de nuevo del ensueño casi en el asombro y lavo la cara con mis sobras del ayer, para después la toalla y el jabón, ese rito histérico. Salgo a la calle y de nuevo los perros, el alquitrán en las veredas, los autos y los giros y los giros...

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